Tenía cuatro años la primera vez que lo vi, fue amor a primera vista. No podía apartarme de él, era tan dulce, sofisticado y elegante que mis ojos y mis manos regordetas de bebe se sentían irremediablemente atraídas por su hipnotizante belleza.
Esa tarde, cuando mi mamá puso sobre mí las suaves medias de hilo rosado, la trusa de algodón negro y la delicada falda de tul, parecía más un juego como cuando solíamos disfrazarnos juntas y ella me dejaba ponerme sus tacones y echarme su perfume.
Gotas diminutas se deslizaban con tenue precisión por la ventana del carro, si me sentaba sobre mis pies desde mi encierro marino, podía ver un bosque de pino y un castillo de piedra, el preludio de mi nuevo mundo. Las rejas de bronce me hacían sentir dentro de uno de mis cuentos de hadas. El lugar era mágico y olía a tierra húmeda, los charcos brillantes en la piedra que cubría el callejón reflejaban trazos de los espíritus que danzaban en los rincones.
Una puerta de madera oscura con cerraduras viejas se abrió para revelar un cosmos infinito de barras y espejos, donde la música resonaba magnifica por entre las tablas del salón.
En el umbral de madera mi mamá me quito los tenis rosados que olían a chicle y puso sobre mis pies las zapatillas de lienzo, nunca volví a ser la misma. Solté su la mano y guiada por una profesora aun sin rostro, pase a ser parte de un pequeño barullo, amontonadas en el piso había varias niñas que compartían mi ansiedad. Nunca me imagine que aquel lluvioso día conocería el otro amor de mi vida.
-“A la barra muñecas, tres pliés en primera y tres ronde de jambe, manos en quinta posición todo el tiempo-“Resonaba las voz gruesa de la profesora Janet, una cubana rolliza de pelo negro y corto, que parecía tener ojos en todas partes y llamaba al orden como en un regimiento. -“Eso no es un plié, parecen haciendo pipi… Entra la nalga María. Espalda derecha Camila, mentón arriba Clara - gritaba con desespero y algunas veces solía asustar a mis distraídas vecinas de barra. Pero a mi no me importaba, cada día esperaba con ansias la hora de clase por alguna razón mi alma se negaba a abandonar la oportunidad de recorrer el salón en tres grandes saltos y sentir como flotaba libre al compás de una melodía eterna que salía de la vieja grabadora en la esquina.
Él es el otro amor de mi vida, el refugio, el amante furtivo y siempre fiel. Todavía siento mariposa en el estomago cuando me pongo las medias de hilo rosado y la trusa. Es una ceremonia, es sagrado, una ofrenda a lo más profundo de mi alma, a la niña enamorada de cuatro años que no paraba de bailar ni siquiera fuera del salón; me recojo el pelo en una moña, me pongo las zapatillas y me amarro las cintas de satín, liberándome por un instante de mi propia mortalidad como tantas otras antes de mi. Los espejos y la madera, la música y el movimiento me hacen sentir sureal, etérea, como aquel espíritu del bosque. Por un momento nada existe solo él mis zapatillas y yo, en un idilio sin final, uno solo hasta que la muerte nos separe.
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